Los Porros de Reforma Cuentan las malas lenguas —y las buenas también, porque en Puebla el chisme es patrimonio cultural inmaterial— que la Angelópolis amaneció convertida en un set de cine de la Época de Oro. Pero no se confunda, querido lector, no estamos viendo a Jorge Negrete y Pedro Infante compartiendo tequila. Aquí lo que hay es dos parientes, sangre de la misma sangre, peleando por la silla más grande del estado como si fuera la última cemita del estadio Cuauhtémoc. Imagínelos usted, parados frente a frente en el palenque político. De un lado, “El Primo que ganó la Grande”; del otro, “El Primo Legislador”. El ambiente está tenso. Suena la guitarra y, en lugar de serenata, se lanzan veneno, evocando aquella mítica escena de Dos Tipos de Cuidado: El Primo Legislador (cantando con despecho):“La gente dice sinceraque eres bueno pa’ mandar,pero si la silla fuerade quien sabe legislar,tú te quedas en la esperay yo paso a gobernar.” El Primo Gobernador (respondiendo con sorna):“Te gusta jugar al rudoy te sientes el mejor,pero aunque te pongas mudoy me tengas gran rencor,yo tengo el bastón y el escudo¡y tú eres el perdedor!”¡Ay, dolor! Se oye el crujir de los dientes más fuerte que la talavera rompiéndose.La batalla campal por el control del gabinete, del congreso y hasta de las jardineras del zócalo estaba en su punto máximo. Uno quería poner a sus cuates; el otro quería vetarlos. Se sacaban los trapos al sol, se medían las fuerzas, y los poblanos, como espectadores en primera fila, solo esperaban a ver quién desenfundaba primero la pistola. Pero, ¡momento! De repente, la música se detiene. El mariachi calla. Los dos gallitos bajan la cresta y esconden las espuelas. ¿Qué pasó? Ah, es que entró Ella.No necesita sombrero de charro ni pistola al cinto. Entró La Jefa, la Doctora, la que lleva la Banda Tricolor en el pecho. Con paso firme y esa mirada que no necesita gritar para que tiemblen las rodillas, se paró en medio del palenque. Aquí no hay “machitos” que valgan. La figura de autoridad máxima llegó para recordarles que el guion de esta película no lo escriben ellos.— “A ver, mis niños” —pareciera decir con el silencio de su presencia—, “aquí no estamos en una cantina de la 4 Poniente. El proyecto es uno, y la que tiene la batuta soy yo”. Y santo remedio. El Primo Gobernador se cuadró más rápido que cadete en desfile, entendiendo que su poder local es una sucursal del poder federal. El Primo Legislador se tragó sus coplas, guardó la guitarra y asintió con una sonrisa nerviosa, recordando que el futuro político depende de la disciplina y no de la rebeldía. Al final, la escena termina no con un duelo a balazos, sino con una foto oficial. Los primos se dan la mano y miran a la cámara. Pero los ojos de ambos no están en el lente, están puestos de reojo en La Presidenta, esperando su aprobación. Porque en este remake de Dos Tipos de Cuidado, queda claro que, aunque los charros canten fuerte, la que decide quién entra al coro y quién se va tras bambalinas, es la Maestra de Ceremonias.¡Tan tan! Aviso Legal y Deslinde Editorial: El siguiente texto es una obra de ficción satírica, cualquier parecido con la realidad de la política poblana es mera coincidencia. Los personajes aquí descritos son arquetipos del folclor nacional. Navegación de entradas Cuando el tablero se mueve solo