Los Porros de Reforma Era cuestión de tiempo. Después de tantas provocaciones, tarde o temprano estos dos iban a terminar agarrados a golpes. Y vaya que cumplieron el pronóstico: un espectáculo digno de barrio, pero transmitido desde la “casa de las leyes”. Decirles políticos es generoso. Son más bien dos personajes que se han encargado de arrastrar a sus partidos al descrédito absoluto. Uno presume casas de lujo que, según los medios, rondan los 12 millones… pero cualquiera que conozca el mercado sabe que en esa zona no baja de 20 o 24 millones. El cinismo inmobiliario en su máxima expresión. El otro, con un talento inigualable, logró prácticamente extinguir a un partido que durante décadas fue el oficial. Lo redujo a seis millones de votos. De ser un coloso, pasó a ser un cascarón. Si eso no es obra maestra de demolición política, no sé qué lo sea. Lo triste es que todavía los vemos en escena, peleándose como si fueran protagonistas de algo más que una tragicomedia. Uno habla del desafuero sin entenderlo; el otro discute como si jamás hubiera leído ni un artículo básico de derecho. El resultado: un espectáculo penoso que no aporta nada a la vida pública. La política convertida en ring de box callejero, pero con traje y curul. Al final, lo único que queda claro es la pobreza del debate y la miseria de la representación. Y lo más grave: que los reflectores siguen apuntando hacia ellos, como si fueran ejemplo de algo distinto al ridículo. Mañana, seguimos con la narración de esta pelea de cantina. No porque valga la pena, sino porque retrata con crudeza el nivel de quienes deberían estar discutiendo el rumbo del país. Navegación de entradas La izquierda sufre derrota en Bolivia: dos candidatos de derecha irán a la segunda vuelta La segunda caída de los porros de corbata