Salomón Soto

La disputa que nació antes de la gubernatura vuelve a asomar en decisiones y gestos. Desde el centro del poder, el mensaje es inequívoco: hay rutas trazadas por otros, pero el mando no se disputa.

La historia no empezó ayer. Mucho antes de que se acomodaran cargos y se sellaran acuerdos, la lucha por la gubernatura dejó marcas visibles: proyectos paralelos, lealtades en competencia y una convivencia tensa que nunca terminó de resolverse. Aquella contienda incubó dos formas de entender el poder que hoy vuelven a rozarse.

Uno de esos proyectos aprendió a influir desde el Legislativo, marcando tiempos y acuerdos; el otro consolidó control territorial con el peso del gobierno local. Ambos asumieron que los caminos dibujados entonces seguirían vigentes. Pero la política rara vez respeta mapas antiguos cuando el contexto cambia.

La señal llegó desde la Presidencia. Con un mensaje sobrio y directo, Claudia Sheinbaum recordó que la coordinación no es un juego de suma cero y que la autoridad se ejerce desde el Ejecutivo federal. No hubo nombres ni alusiones explícitas: bastó la claridad para ordenar el tablero.

El fondo del mensaje fue institucional. Las batallas previas explican el presente, pero no lo gobiernan. Las rutas locales pueden coexistir, siempre que no pretendan imponer el destino nacional. Cuando la dispersión amenaza, el centro marca el ritmo.

En los hechos, la advertencia reacomodó silencios. El Legislativo ajustó cadencias; el gobierno estatal recalibró expectativas. Nadie perdió del todo, pero quedó claro que el mando no se comparte por parentesco ni por victorias pasadas.

La lección es simple: los vínculos familiares no sustituyen a las instituciones. En política, quien gobierna fija prioridades y ordena tiempos. Las carreteras pueden ser muchas; la dirección, una sola.

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