Marco Antonio Gomez Badillo & Tamara Montserrat Romero Popoca

Erich Fromm identificó, durante el auge del capitalismo de posguerra, una correlación contraria a la intuición económica convencional: las sociedades que alcanzaban mayores niveles de desarrollo material, estabilidad política y prosperidad exhibían, simultáneamente, un marcado deterioro en la salud mental colectiva. Su tesis central postulaba que el desequilibrio no radicaba en la patología individual —como sostenían los enfoques psicológicos tradicionales—, sino en lo que denominó una “inadaptación de la cultura misma”. Es decir, el sistema socioeconómico en su conjunto generaba externalidades negativas sobre el bienestar psíquico.

El aporte de Fromm introdujo un cambio de paradigma en las ciencias sociales al establecer una relación inversa entre desarrollo económico y equilibrio mental. Los datos que utilizó —tasas de suicidio, homicidio y alcoholismo— funcionaban como proxys variables de la salud mental colectiva. Los resultados eran contraintuitivos: las naciones con mayores ingresos per cápita y mejores condiciones materiales presentaban indicadores significativamente más altos de patologías sociales en comparación con países de menor desarrollo económico.

Un hallazgo particularmente revelador en el trabajo de Fromm fue la identificación de una correlación positiva entre prosperidad material y patologías sociales como el suicidio. El autor (1970), en su análisis de la sociedad moderna, plantea una paradoja fundamental: las naciones que más se acercan al ideal socioeconómico occidental son también las que exhiben las fracturas más profundas en la salud psicológica colectiva. Así lo expresa:

El objetivo de todo desarrollo socioeconómico del mundo occidental [es] materialmente confortable, distribución relativamente equitativa de la riqueza, democracia y paz estable, ¡y los mismos países que han llegado más cerca de ese objetivo muestran los síntomas más graves de desequilibrio mental! (p. 17)

Esta observación sugiere que el bienestar material e institucional es una condición necesaria pero no suficiente para garantizar la salud mental de una sociedad. El señalamiento de Fromm no solo cuestiona los resultados del sistema, sino los fundamentos mismos del modo de vida y los objetivos por los que se lucha en las sociedades capitalistas avanzadas.

Setenta años después de formulado el diagnóstico de Fromm, su interrogante conserva una perturbadora vigencia: “¿Es posible que la vida de prosperidad que lleva la clase media, si bien satisface nuestras necesidades materiales, nos deje una sensación de profundo tedio, y que el suicidio y el alcoholismo sean medios patológicos de escapar de ese tedio?” (Fromm, 1970, p. 17).

La respuesta parece encontrarse en los datos epidemiológicos más recientes. En junio de 2023, El Pew Research Center reveló un hallazgo que parece confirmar la hipótesis frommiana:

Los datos del Centro para el Control de Enfermedades (2021) revelan un patrón epidemiológico que trasciende lo individual: mientras que el 60% de las muertes por arma de fuego en menores de 18 años son homicidios, entre los adultos el 55% corresponde a suicidios. Esta distribución no es aleatoria; responde a lo que Fromm denominó “patología de la normalidad”: una cultura que externaliza la violencia hacia los demás en sus jóvenes y la internaliza en sus adultos. Lejos de tratarse de casos aislados de “inadaptados”, estas cifras reflejan una falla sistémica: la misma estructura social que genera las condiciones para la agresión hacia fuera, produce el colapso psíquico hacia dentro. No es que los individuos estén desajustados, es la cultura la que está patológicamente adaptada a la violencia.

  Respecto a la cultura de Estados Unidos, el criminólogo Michael Tonry (2023), editor fundador de Crime and Justice, advierte que “la violencia es parte de la cultura estadounidense. Es tan estadounidense como el pastel de cereza” (p. 2). En su análisis, sostiene que, entre los países occidentales, Estados Unidos es un lugar excepcionalmente violento, donde la violencia intencional grave —homicidios, otros delitos violentos con armas de fuego, asesinatos en masa y asesinatos policiales de civiles— es mucho más común.

Esta característica no es nueva. Como Tonry (2023) recuerda, el historiador Richard L. Hofstadter ya lo observó décadas atrás: «Los estadounidenses ciertamente tienen razones para preguntarse si, en comparación con otras naciones industriales avanzadas, no son un pueblo de excepcional violencia» (Hofstadter, 1970, p. 6, como se cita en Tonry, 2023, p. 6). La respuesta, concluye Tonry, es afirmativa: “sí, lo son; lo somos” (2023, p. 6).

Tasa de mortalidad por suicidio (por cada 100 000 habitantes) – United States

Tasa de Mortalidad por Suicidio en Estados Unidos (2000-2021) *
Nota. La gráfica muestra la fluctuación en la tasa de suicidios por cada 100,000 habitantes en el período de dos décadas.
Fuente: World Bank (2023).

Homicidios intencionales (por cada 100.000 habitantes) – United States

Tasa de Homicidios Intencionales en Estados Unidos (1990-2020) *
Nota. La gráfica muestra la fluctuación en la tasa de homicidios por cada 100,000 habitantes, destacando un pico a principios de la década de 1990 seguido de una tendencia general a la baja.
Fuente: World Bank (2024).

Como señala el criminólogo Michael Tonry, esta violencia no es accidental sino culturalmente constitutiva. Las gráficas del Banco Mundial sobre suicidios y homicidios no son meros datos, sino termómetros de una fiebre civilizatoria. Muestran los ritmos de una cultura donde la ambición desmedida -celebrada como motor económico- devora los cimientos de la comunidad y la psique.

El capitalismo del siglo XXI evidencia una falla antropológica fundamental: organiza la producción eficiente de bienes mientras desorganiza sistemáticamente la producción de sentido. Los indicadores de desequilibrio mental -suicidios, homicidios, adicciones- no son externalidades del sistema, sino su producto lógico. Constituyen lo que Fromm denominó “neurosis social”: la manifestación patológica de una cultura que confunde tener con ser y que convierte la avaricia -enfermedad espiritual según todas las tradiciones filosóficas- en virtud económica. Setenta años después, la pregunta frommiana adquiere carácter de urgencia civilizatoria: ¿qué precio tiene un “progreso” que, en su éxito material, erosiona los fundamentos mismos de la salud psíquica colectiva? Los datos son claros: la cuenta la pagan los cuerpos de los suicidas, las víctimas de la violencia y las generaciones condenadas al tedio existencial. El diagnóstico de Fromm sigue vigente: no estamos ante individuos enfermos en una sociedad sana, sino ante individuos sintomáticos en una sociedad estructuralmente enferma.

Referencias:

Fromm, E. (1970). Psicoanálisis de la sociedad contemporánea. Fondo de Cultura Económica.

Schaeffer, K. (2023, 6 de abril). Gun deaths among U.S. kids rose 50% in two years. Pew Research Center. https://www.pewresearch.org/short-reads/2023/04/06/gun-deaths-among-us-kids-rose-50-percent-in-two-years/sr_23-03-30_kidsguns_2-png/

Tonry, M. (2023). Punishing Race, Crime, and Poverty in the United States: A Tale of Two Countries. Crime and Justicie, 52(1), 1-39. https://doi.org/10.1086/727313

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