Marco Antonio Gomez Badillo A nivel mundial, desde la crisis de 1982 hasta finales de los años 90, se dio un hito que marcó el nacimiento de una nueva era. Este periodo representó un cambio cualitativo en el sistema capitalista global, caracterizado por la desregulación de los mercados, la revolución tecnológica y la precarización del trabajo. Así surgió un nuevo modelo económico conocido como la globalización. Una característica central de esta etapa fue la revolución tecnológica, marcada por el auge de la informática y la automatización flexible, lo que consolidó la flexibilización laboral como norma. Sotelo Valencia evidenció que, en este contexto, las grandes empresas comenzaron a justificar la eliminación de protecciones laborales y la implementación de contratos temporales o informales bajo el argumento de la competencia global. Esto dio lugar a la precarización del trabajo, especialmente en los países en desarrollo, donde los salarios bajos y la falta de derechos laborales se convirtieron en ventajas competitivas para atraer inversiones extranjeras. En este marco, particularmente en América Latina y México, las empresas se vieron obligadas a revolucionar sus formas de producción para no quedarse fuera del mercado. Bajo la lógica de ser más “eficientes”, implementaron políticas de flexibilización que, según ellas, proporcionarían una mayor equidad y protección al trabajo. En teoría, estas medidas podrían mejorar la competitividad y crear más empleos; no obstante, en la práctica, han generado condiciones laborales más inestables, con mayor inseguridad y menores beneficios sociales para los trabajadores. Esto se debe a que los empleadores prefieren contratar con base en contratos temporales o sin acceso a derechos laborales tradicionales, lo que reduce costos, pero también la calidad del empleo. Cabe señalar que el sector terciario o de servicios se ha consolidado como el más dinámico en la generación de empleos. Este crecimiento ha fomentado la terciarización, junto con la expansión de actividades como el comercio, los servicios financieros, el turismo y los servicios informales. Sin embargo, los empleos creados en este sector suelen ser mayoritariamente precarios, marcados por salarios bajos, inestabilidad laboral, largas jornadas y la ausencia de prestaciones sociales. Además, la informalidad es una característica predominante, lo que agrava aún más las condiciones laborales de quienes se emplean en este ámbito. En México, el empleo se desplazó desde los sectores agrario y manufacturero hacia el sector servicios y, dentro del sector manufacturero, hacia la industria maquiladora, la cual ha sido el componente más dinámico. Según Sotelo, la creación de empleos en el sector servicios se dio principalmente en actividades informales, predominando el empleo independiente o informal, lo que se tradujo en un incremento masivo de pequeñas y microempresas desde 1993, cuyos efectos son visibles hasta la actualidad. Los datos publicados por el INEGI en la ENOE el pasado 26 de agosto muestran que el sector en el que más se emplearon los mexicanos fue el terciario (servicios), con un 64.1% (38.1 millones de personas) del total de la población ocupada. Esto refleja un incremento del 0.4% con respecto al segundo trimestre del año anterior, cuando empleó a 37.7 millones de personas; dicho excedente coincide con la pérdida del sector secundario (industrial), que pasó de 15.0 millones de personas empleadas en el segundo trimestre de 2024 a 14.6 millones. El análisis que Sotelo planteó hace una década sigue vigente hoy, como lo confirman los datos del INEGI: “De manera detallada, el comercio agrupó 19.8% de la población ocupada y presentó un alza anual de 131 mil personas. La industria manufacturera, que concentró 16.1% de la población ocupada, disminuyó en 118 mil personas. La agricultura, ganadería, silvicultura, caza y pesca mostró un ascenso de 55 mil personas. En los servicios sociales, con 8.3% de las personas ocupadas, se registró un incremento de 12 mil personas. Los restaurantes y servicios de alojamiento, así como los servicios profesionales, financieros y corporativos, agruparon de manera individual 8.2% de las personas ocupadas; en conjunto, tuvieron un aumento de 229 mil personas frente al segundo trimestre de 2024”. Es evidente que el análisis de Sotelo no es anacrónico. En lo que respecta a México, los hechos muestran que, pese a los aumentos en transferencias gubernamentales y salarios mínimos, no se ha puesto énfasis en atacar la problemática de crear trabajos dignos y de calidad. La tendencia de los trabajos precarios en el sector servicios continúa, INEGI declara: “Un total de 59.4 millones de personas estuvieron ocupadas: 114 mil más en relación con el segundo trimestre de 2024. Los sectores de actividad económica con los mayores incrementos en su población ocupada fueron los siguientes: transportes, comunicaciones, correo y almacenamiento; comercio; restaurantes y servicios de alojamiento, así como servicios profesionales, financieros y corporativos”. Fuente: ENOE Aunado a lo anterior, los salarios reflejan la precariedad de los empleos generados: casi el 40% de la población ocupada percibe hasta un salario mínimo, y alrededor del 30% gana entre uno y dos salarios mínimos (es decir, 8,364.00 pesos para la Zona General). Esto significa que el 70% de la población sobrevive con el mínimo, mientras que menos del 1% percibe más de cinco salarios mínimos. Respecto a la jornada laboral, el 45% de la población ocupada labora entre 35 y 48 horas, pero se presenta el fenómeno de que el 25% trabaja más de 48 horas, lo que indica que este segmento de población se encuentra en situación de sobreocupación. Las horas extra son una práctica habitual en México (aunque no exclusiva), lo que evidencia la necesidad de los trabajadores de complementar sus bajos ingresos. Muchos se ven obligados a aceptar jornadas prolongadas o a desempeñar varios empleos para satisfacer sus necesidades básicas. No obstante, estas condiciones suelen derivar en agotamiento físico y mental, problemas de salud y una disminución en la calidad de vida, sin que ello represente una mejora significativa en su situación económica. En este sentido, la sobreocupación es un reflejo de la precarización laboral y de las fallas estructurales de los mercados de trabajo en la región. Finalmente, a partir del análisis de Sotelo planteado hace una década, puede concluirse que la precarización del trabajo es una constante estructural y generalizada en México. Pese a que se presenta ante la sociedad la generación de “nuevos empleos”, “más bolsas de trabajo”, “más plazas”, y aunque las cifras puedan parecer optimistas, las estadísticas no reflejan adecuadamente las condiciones reales del mercado laboral, lo que ofrece una imagen distorsionada de la situación en el país. Los resultados muestran que una proporción creciente de trabajadores está atrapada en empleos informales, mal remunerados y sin acceso a derechos básicos. Navegación de entradas ¿Dónde quedó la pobreza? Lo que revelan (y esconden) las cifras oficiales ¿Sabor a oportunidad o a riesgo? El regreso bursátil de Nutrisa