Ángel Gabriel Rivera Martínez

El Senado de la República vivió este 27 de agosto un episodio lamentable que pasará a la memoria política por las peores razones. En plena sesión, el dirigente priista Alejandro “Alito” Moreno y el senador Gerardo Fernández Noroña se enfrentaron a golpes, generando un ambiente de caos y desconcierto entre legisladores y asistentes.

El incidente, que inició con un intercambio de reproches verbales, escaló rápidamente hasta convertirse en un forcejeo físico que obligó a suspender momentáneamente la sesión. Las imágenes y videos que circulan ya en redes sociales muestran empujones, insultos y la intervención de otros senadores para separar a los protagonistas.

La confrontación refleja no solo el tono ríspido que han tomado los debates en la Cámara Alta, sino también la falta de altura política de actores que deberían dar ejemplo de civilidad. En un país con problemas urgentes, resulta preocupante que el escenario legislativo sea utilizado para la confrontación personal y no para la discusión de propuestas que beneficien a la ciudadanía.

Este altercado no es un hecho aislado. En los últimos meses, las tensiones entre partidos han escalado a niveles poco vistos, marcados por acusaciones, discursos incendiarios y descalificaciones mutuas. Lo de hoy, sin embargo, cruza una línea que debería prender las alarmas: la violencia como sustituto del debate democrático.

El hecho ha sido condenado por diversos legisladores de distintas bancadas, quienes lo calificaron como una vergüenza para la institución. Algunos exigieron sanciones ejemplares, otros llamaron a la serenidad, pero lo cierto es que este episodio quedará marcado como un símbolo de la crisis de diálogo en la política mexicana.

La ciudadanía, que observa desde fuera, difícilmente encontrará en estas escenas razones para confiar en quienes ocupan cargos de representación. Lo sucedido revela una fractura política que trasciende los nombres propios y que desnuda el deterioro del debate público.

México necesita acuerdos y soluciones, no golpes ni espectáculos bochornosos. Lo ocurrido en el Senado debe servir como un recordatorio de la urgencia de recuperar la seriedad y la responsabilidad en la conducción de los asuntos públicos.