Autores: Angie Mercedes Cespedes RomeroBenjamin Matias Luey ChangDul Eunice Campos AncoDaniela Lisbeth Medina PinedaRaúl Eduardo Flores Rojas Tesheyra Marshelly Quiroz Trujillo En el marco del Día Internacional de la Mujer, el mundo reflexiona sobre los logros y desafíos que enfrentan las mujeres en la lucha por sus derechos. En este contexto, es fundamental visibilizar la situación de las mujeres de la República Democrática del Congo, donde miles de ellas siguen atrapadas en un horror silenciado. En este país, la guerra ha convertido sus cuerpos en un campo de batalla. Mientras en algunas naciones se lucha por reducir la brecha salarial, en el Congo se lucha por sobrevivir. A pesar del silencio internacional, las mujeres congoleñas no solo resisten, sino que lideran la reconstrucción de sus vidas y comunidades, exigiendo justicia en un país devastado por la impunidad. ¿Cómo se llega a la guerra? La actual guerra tiene sus raíces en la lucha por el poder y la independencia. La primera guerra tuvo lugar entre 1996 y 1997, marcó el fin del régimen de Mobutu Sese Seko, quien gobernó el país durante más de tres décadas. Tras su derrocamiento, Laurent-Désiré Kabila asumió el poder. Sin embargo, su intento de expulsar a las tropas ruandesas y ugandesas desencadenó la segunda guerra, un conflicto que se extendió desde 1998 hasta el 2003. Este enfrentamiento masivo involucró a varios países y causó millones de muertes. Aunque terminó formalmente en 2003, el este del país sigue sumido en la violencia. Ser mujer en el Congo: Un riesgo de guerra La mujer supera ligeramente al hombre respecto al porcentaje de población del territorio congoleño con un 52%, lo que significa que es determinante para el desarrollo de la familia y de la propia comunidad de la región (Muñoz, 2017). Destruir la integridad física de las mujeres y de las niñas implica deteriorar su salud tanto en su cuerpo como en su mente. Ellas son abandonadas con hijos en situación crítica de manera económica, por lo que resulta doloroso y triste el destino de las familias afectadas. Ello demuestra que el núcleo de una sociedad, la familia, es la base de un país que se desarrolla de manera eficaz. Sin embargo, si se atenta contra uno de sus integrantes, la mujer en este caso, pueden fracturarse los cimientos de una comunidad (Casajus, 2017). Según la ONU, más de 200,000 mujeres han sido víctimas de violencia sexual en la RDC, aunque el número real podría ser mucho mayor debido al miedo a denunciar. Ser mujer en el Congo es estar en riesgo permanente. Denis Mukwege: El médico que desafió a la guerra En medio de este horror, hay personas que han decidido luchar. El Dr. Denis Mukwege, ginecólogo congoleño y activista por los derechos humanos, ha dedicado su vida a atender a mujeres supervivientes de violencia sexual en el Hospital Panzi, en Bukavu. Más que un hospital, Panzi ofrece atención integral, combinando tratamientos médicos con apoyo psicológico, asistencia legal y programas de reintegración social para ayudar a las víctimas a reconstruir sus vidas. Su trabajo le valió el Premio Nobel de la Paz en 2018, compartido con la activista Yazidí Nadia Murad, otra sobreviviente de violencia sexual en conflictos. Pero su lucha le ha costado caro. Ha sido amenazado de muerte en múltiples ocasiones, y en 2012 sobrevivió a un intento de asesinato en el que su guardaespaldas fue asesinado. Ha tenido que vivir en el exilio por periodos cortos, pero siempre regresa a su país, negándose a abandonar su misión. Julienne Lusenge: La voz de las mujeres en la lucha por la paz En medio del conflicto, Julienne Lusenge, desde su labor en la Solidaridad Femenina para la Paz y el Desarrollo Integral (SOFEPADI), organización que cofundó, ha brindado apoyo integral a miles de sobrevivientes de violencia sexual, enfrentando la impunidad con determinación. Ella ha trabajado incansablemente para llevar a criminales de guerra ante la justicia y dar voz a las víctimas. No solo ha alzado la voz contra la violencia sexual, sino que ha construido redes de apoyo para que las sobrevivientes recuperen su dignidad y exijan justicia. Y es que, en un país donde 48 mujeres son violadas cada hora, su liderazgo ha sido clave para que muchas de ellas pasen de víctimas a defensoras de los derechos humanos. Su reconocimiento internacional, desde el Premio de Derechos Humanos de la ONU hasta su inclusión en la lista de las 100 personas más influyentes de TIME, es un reflejo de su incansable labor. No obstante, su lucha continúa, porque la paz solo será real cuando las mujeres no solo sean protegidas, sino también escuchadas y tomadas en cuenta en la construcción del futuro de su nación. A pesar de esta realidad devastadora, las mujeres congoleñas han impulsado iniciativas en búsqueda de justicia. Sin embargo, su lucha no puede seguir siendo ignorada. Este 8 de marzo no debe ser solo una fecha simbólica, sino un llamado urgente a la solidaridad con aquellas que han sido olvidadas. No basta con indignarse, es momento de actuar. La comunidad internacional y los Estados deben asumir su responsabilidad, promoviendo y exigiendo medidas concretas para erradicar la violencia de género en la República Democrática del Congo. Solo a través de la acción colectiva y el compromiso real podremos poner fin a esta crisis y construir un futuro donde los derechos y la seguridad de todas las personas sean protegidos y respetados. 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